─No sé cómo ser más profano, pero imagino que aquello de tener en cuenta a la contraparte puede resultar agradable como el demonio.
─Le vendo mi alma al diablo, caso tal que se diera por aludido y se permitiera darse un paseo por mis deseos.
─Le vendo mi alma con condiciones sencillas, como las del sabio peruano, nada de mefistófeles: "quiero poder vencer a mis enemigos, tener dinero a montones y conquistar a las más preciadas doncellas" si se me permite eso, le cambio esta porquería de alma; 20 años de buen placer por entregar algo tan insignificante como el alma.
─Si dios no quiere que la venda, se la puedo empeñar, o, en su beneficio, se la vendo al santo patrono de los cristianos. A menos que ya esté hastiado de almas.
─Eso sí, nada de sacrificios ni cosas que se le parezcan, quiero divertirme, no ser santo. ¿Quiérese mi alma? déseme lo que pido.
─Supongo yo que habrá alguno de tantos santos cristianos que han pensado en vender su alma al diablo a cambio de la paz y la vivienda y comida para los mas necesitados.
─¿Alguno de ustedes no cambiaría esta porquería de vida mundana con dolor y partos por unos buenos años de vivir como un congresista?
─Se la dejo más barata señor demonio: "Dormir con cualquier demonio de mujer de vez en cuando, no perder un combate entablado y una que otra botella los fines de semana"
─Este diablo no se da por aludido, ha de ser que anda ocupado comprando otras bagatelas.
─Ya lo había expresado: ¿Qué interés puede tener un dios del averno en un alma tan simple y rastrera como la mía? [...] ya no hay alma en este sitio, se perdió en un bar en ruinas... mi alma ya no estaba pura y su precio colapsó...
─Mañana más ofertas...
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